lunes, 23 de enero de 2017

A María Elvira Fernádez López (Maruja Seoane) A Coruña 1912-2003 no 105 aniversario do seu nacemento




Había nacido un 24 de enero de 1912, en La Coruña como María Elvira Fernández López, pero se la conoció siempre como Maruxa Seoane. Eran primos hermanos con quien fue el compañero de su vida: Luis Seoane. El compartir la familia les hizo también coincidir en destinos y desarraigos. Sus dos amores fueron: Galicia y Buenos Aires. Por eso no resultó casual que ella pidiera que sus cenizas fueran arrojadas al mar para seguir siempre cruzando esos dos puertos donde tantos afectos dejó. No sólo sobrinos sino muchos amigos y grandes admiradores del arte de él y de todas las artes de ella.
Maruxa cantaba, bailaba y por sobre todo las cosas contagiaba alegría, la misma que siempre reflejaron sus ojos verdes, grises, color tiempo y mar. Era un placer vivir con ella, impregnaba las horas con humor, había aprendido la belleza de lo simple y el culto a la amistad. Amaba lo vivo, desde las plantas hasta los animales. Tenía palabras de aliento y confianza. Trataba a las personas por igual, cálidamente sin importarle ni el poder, ni los estudios, ni los títulos, para ella todos eran igualmente humanos.
Entre sus artes figuraba la cocina, había aprendido en tiempos de exilio y escasez a inventar platos a los que bautizaba con ingenio. Así su célebre “yateví”, que consistía en juntar lo que había quedado de comidas anteriores y darle un toque mágico. Cuando Luis armaba la donación de sus libros de arte para la Real Academia Gallega, material muy valioso y costoso - ya que las fotografías de los cuadros siempre encarecieron cualquier buena edición- ella por lo bajo asistía al embalaje y acotaba “dos semanas de zapallo”, “tres semanas sin carne”, etc, etc.
Como compañera de vida de un exiliado y artista había conocido muy de cerca el contar las monedas para comer, aunque la familia siempre estuvo dispuesta a ayudarlos, el orgullo a veces no se los permitió. Será por eso que luego cuando llegó el tiempo del reconocimiento, los premios y la mejor situación económica nunca olvidaron ese pasado. Además estaba en la sangre de ambos, tanto de Luis como de Maruxa su profundo amor por los más humildes. Pescadores y campesinos que él reflejó en sus cuadros y que ella siempre ayudó con palabras y hechos concretos.
Cuando murió su mitad, su marido, la familia creyó que no podría reaccionar. Fueron años en que estaba como ida, sólo tenía vivo un pequeño temblor en una de sus piernas. Pero luego se recuperó, lo hizo como una furia, como una meiga buena que encontró un nuevo sentido en su vida: crear la Fundación Luis Seoane. Impulsada por Rosa Espiñeira Pan empezó a florecer con ese proyecto. Inició embalando todo, cuadros, dibujos, cerámicas y recuerdos. Desarmó su otra casa, la de la calle Montevideo en Buenos Aires. Se deshizo de todo lo material porque su barco ya miraba incondicionalmente hacia La Coruña. Pero fueron años de mucha lucha, quería darlo todo a su ciudad.
Tanto Luis como Maruxa admiraban profundamente a María Pita, él lo reflejó en sus cuadros y grabados donde le rindió homenaje, ella encontró en esta heroína un modelo que caracterizaba a las gallegas: su ímpetu de lucha. ¿Feminismo? Tal vez, Maruxa luchó siempre por la igualdad  de derechos y deberes entre ambos sexos. Tuvo grandes amigas en la vida y no debe haber sido casual que en su testamento dejara por escrito varios pedidos, entregándole lugares importantes a varias mujeres, algunas parientes, otras amigas. Entre ellas estuvo siempre Rosa, quien hoy le rinde un homenaje y desde donde Maruxa esté, sonreirá como siempre supo hacerlo con sus labios y sus ojos.
Ana Seoane Moretón en Buenos Aires, 2017

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